sábado, 25 de febrero de 2017

El chico tatuado

Al principio de apuntarme al gimnasio, durante un año o así, acudía principalmente por las noches. Pero estaba tan saturado de gente, que tenías que hacer 20 minutos de cola para poder coger una bici en la clase de spinning o entrar a powerpump. Y de hacer una rutina en las máquinas ya ni hablamos. Por ese, y otros motivos, decidí cambiar al turno de mediodía. En ese turno seguía yendo con algunos compañeros, pero además conocimos a un grupo de personas que, poco a poco, nos fuimos haciendo habituales y al final, amigos. 
Casi siempre acudíamos todos juntos, pero en épocas de vacaciones, cortaban las actividades dirigidas, así que muchos dejaban de venir o se cambiaban de turno. Sin embargo, yo era fiel a mi rutina, así que seguía yendo a la misma hora a hacer algo en la sala. En una de esas ocasiones, mientras estaba subido a la elíptica, me puse a analizar más en profundidad a un chico que me cruzaba de vez en cuando.

El chico en cuestión llamaba la atención por la gran cantidad de tatuajes que mostraba en su cuerpo. La tinta cubría desde los dedos de las manos hasta parte de la cabeza. Para quien pueda tener prejuicios, tengo que decir que, el chico en cuestión, era de los más educados, de los que siempre daba las buenas tardes y se despedía con un hasta luego. Tampoco es que hablase mucho más la verdad.
Hasta aquel día en que yo estaba en la elíptica, no lo había tenido tan cerca como para poder ver sus tatuajes en detalle. Primero me fijé en los de sus dedos. Con letras góticas y mayúsculas, llevaba escrita una palabra en cada mano, creo recordar que eran LOVE y PAIN. Seguí subiendo la mirada, todo lo discretamente que pude, y entonces me di cuenta que en sus brazos, bajo los tatuajes de aves, calaveras y cadenas, había algunas cicatrices. Pero lo que más me llamó la atención, fue comprobar que también había cicatrices, y bastante grandes, bajo los tatuajes de la cabeza -que llevaba afeitada, por cierto-. 
Entonces pensé en lo que le habría podido pasar a ese chico. Las posibles causas de esas cicatrices. Y ninguna era buena. Eso me provocó una sensación de pena. Pero rápidamente la pena dejó paso a la positividad. Porque sí, tenía esas cicatrices, y seguramente tenga otras que no se vean, porque no sean físicas. Pero ahí estaba, haciendo ejercicio, manteniéndose sano, siguiendo adelante. 
Quizá los tatuajes tuviesen, además de un significado para él, una función, la de esconder las cicatrices. No porque le hicieran sentirse mal, sino porque en esta sociedad en la que vivimos, hay mucha crueldad y mucha impertinencia, a veces sin mala intención, simplemente porque la gente no se pone en el lugar del otro. Pero me imagino que, más de uno y una, al ver las cicatrices, le podrían mirar raro o preguntar de qué eran, para despejar esa curiosidad, a veces malsana. Y no creo que, por muy bien que esté uno, sea plato de buen gusto tener que dar explicaciones de su vida a cada paso que se da. También podía ser que los tatuajes fueran como una especie de coraza, que además de desviar la atención de las cicatrices, le sirviera como un recordatorio de su capacidad de aguantar el dolor -porque para hacerse todos esos tatuajes estoy seguro de que sufrió-.
Sea como fuere, y por mucha curiosidad que me despertaran la combinación de tatuajes y cicatrices, no salio de mi boca palabra alguna al respecto. Seguimos saludándonos y despidiendo, con educación y amabilidad cada vez que nuestras rutinas se cruzaron.

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